Equipo Jurídico Pueblos

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martes, 16 de mayo de 2017

LA CLAVE ES LA EDUCACIÓN

“Gracias campesino tu aporte es imprescindible para toda la humanidad, como persona, hijo de Dios, mereces una vida digna”
Papa Francisco

Escuela Playas Lindas
En las últimas semanas he participado de tres espacios en los que el tema de la educación como eje central de un real cambio social ha terminado dando vueltas insistentemente en mi cabeza, la pregunta recurrente es ¿de qué educación estamos hablando? ¿a la que acceden quiénes?. En la universidad Pedagógica Nacional se realizó un foro en el que participaron varias personalidades internacionales, entre ellas el profesor Boaventura de Sousa Santos, en palabras de los estudiantes el “Rockstar de la sociología”, quien invitaba desde su intervención a que las visiones holísticas, locales y ancestrales se vuelvan parte de la educación del pueblo con la materialización de la Universidad popular en Colombia; de la misma manera en un foro organizado por Abogados Sin Fronteras Canadá -ASFC-, en el que participara como ponente Marco Romero de -CODHES- para hablar de los acuerdos de la Habana, se dejaba como conclusión la importante labor que debían cumplir los espacios académicos, qué, desde una visión crítica de la teoría pudiese convertirse en el elemento garantizador de los mismos.

Los dos espacios de mucho nivel académico y en universidades públicas del país contrastaban con el tercer espacio donde la educación como herramienta de transformación ni siquiera llega a la imaginación. En días pasados en las montañas del Catatumbo conversaba con un profesor de primaria con el que compartí 7 horas a caballo, para llegar a nuestro destino en la Vereda Playas Lindas en el Alto Bobalí. La conversación, de la que comparto algunos apartes a continuación dejó en mí una sensación de desolación frente a la idea de una educación como mecanismo de transformación social para nuestros campesin@s:

- Pues mira, del Municipio nos trasladamos tipo 3 de la mañana y llegamos a las 11 o 12 del mediodía a la estación donde cogemos caballo si hay; y si no, nos toca a pie y más o menos tipo 5 o 6 de la tarde estamos llegando a la escuela en el día de traslado-.

Los niños algunos deben recorrer aproximadamente 2 horas, y muchos no llegan, porque deben cruzar una quebrada y en tiempo de lluvia se crece, y como no hay puentes los padres temen enviarlos.

En el momento en mi clase tengo grado 0 o lo que en el pueblo le llaman jardín, tengo grado segundo, grado tercero y grado cuarto, en realidad el material didáctico no es el adecuado, la mayoría de los docentes en el Alto Bobalí trabajamos con las uñas, no hay condiciones materiales, no contamos con manejo de equipos tecnológico 

-Profe ¿usted cree que un niño en estas condiciones sale bien preparado? -Pues que te digo, yo considero de que a pesar de que no contamos con las mejores condiciones, nosotros hacemos un gran esfuerzo, y que ellos salen con la preparación básica, elemental-.

Transcribir lo que el profesor considera sobre su trabajo no alcanza a caracterizar lo que es ver niños de edades completamente disimiles, recibiendo clases simultáneamente; sentados frente a un tablero viejo, en puestos dañados y rotos, debajo de lo que ellos llaman “salón de clases”, pero que en realidad corresponde a seis palos de madera sosteniendo un tejado dañado, donde los niños más pequeños intentan comprender lo que puede ser muy simple si se está en cuarto o muy difícil si la relación es al contrario.

La realidad educativa de quienes habitan estas zonas del país- a mí manera de ver- será la imposibilidad de desmontar una producción de mano de obra barata para las ciudades y el mismo campo, mientras el acceso a la escuela se reduzca a las sobras sociales de una Colombia fraccionada en dos realidades, en la que lo Rural no cuenta, no se oye y por tanto no se le invierte.

Si nos pensamos la educación ideal para quienes no han tenido nada, tendríamos entonces que pensar en la educación para esta clase particular de regiones, donde la única mano que llega del Estado es la represión. Una educación aceptable pasa entonces por dejar de ver la relación educación/inversión pensándonos en trasladar la visión incluyente que requiere de músculo humano y económico.

El niño campesino tiene el derecho a decidir si su vida está en el campo, no puede ser más una imposición ante la falta de oportunidades para lograr competir en una ciudad que le resulta asfixiante y demoledora, y donde cobran vida apreciaciones tales como “los campesin@s somos ignorantes”.

Luchas por los derechos educativos, las condiciones laborales de los profesores y las condiciones logísticas de los planteles son una gran apuesta en las ciudades, pero no puede seguir siendo exclusiva de ellas. La deuda social con el campo es incuantificable, siendo el discurso uno de sus principales cómplices; el movimiento social, político, educativo y la insurgencia en transición tienen que tomar estas realidades y empezar a buscarle solución.

La universidad popular, los acuerdos de la Habana y todos los espacios nuevos deben poner su mirada en esa generación, hoy condenada a la necesidad en todos sus espacios, con profesores capaces de someterse a todo tipo de sacrificios para poder aportar a sus estudiantes algo nuevo cada día. El pueblo campesino requiere que dejemos la tolerancia dolorosa que condena al analfabetismo, la exclusión y el trabajo esclavo a quienes producen con sus manos vida y país.

Liria Manrique

16 de mayo de 2017

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